Dicen que el orgulloso y el que tiene mal aliento tienen en común el pasar pena frente a su círculo de amigos. Y es que parece ser que no se dan cuenta que lo tienen. Lo del orgulloso se puede entender, ya que es algo tan intrínseco en ellos o ellas que no se percatan que actúan de esa manera, pero ¿de un mal aliento? ¿Acaso la nariz se puede adaptar a los malos olores? Para sorpresa mía, y de unos cuantos más, al parecer sí. ¿En que momento se traspasa la delgada línea de molestarnos un mal olor a poder acostumbrarnos al mismo?, seguramente en la convivencia con el mismo.Los europeos son expertos en esto. Podemos conseguir algunas excusas o explicaciones de esto, como lo es la racionalización extrema de agua que hay en estos países, (mientras que aquí en el continente opuesto, bañamos al perro con el doble de agua de la que utiliza un ciudadano alemán, y ni hablar de la cantidad de agua que se utiliza para lavar un vehículo), lo cual los deja con pocas oportunidades de bañarse varias veces al día cuando se trata de la estación de verano, en la cual las temperaturas son muy altas y se suda mucho. Y ni hablar de las estaciones de otoño e invierno, que son temperaturas tan frías, que el simple hecho de colocar las posaderas en la poceta, emula colocarlas en un témpano de hielo, entonces imagínense bañarse a diario, que aunque sea con agua caliente, de igual forma es una tortura hacerlo.
Los muy atrevidos primer mundistas, son capaces de acusarnos de “sifrinos”, por el solo hecho de querer siempre oler bien y quejarnos de tan desagradables olores, los cuales tenemos que soportar cuando se viaja para allá. Y se puede entender la queja, sólo en el hecho que tengamos que trasladarnos a ese continente, pero ¿Por qué tenemos que calarnos esos malos olores en nuestro país sin siquiera dar nuestra opinión? La cruda realidad es que tampoco vamos a andar por ahí diciéndole a las personas: “hey mira tienes mal aliento”, ó “hoy no te echaste desodorante, si eres cochino o cochina”.
Hace algunos meses atrás, voy con un amigo a jugar basket a una cancha cerca de su casa y nos encontramos con un sujeto que, aunque jugaba muy corriente, todos querían jugar con él. Y era curioso, porque siempre uno se quiere unir a l equipo del tipazo de dos metros, papiao y ágil, pero ¿a uno de metro setenta, medio y medio gordo? ¿El motivo? Nadie quería marcarlo. ¿Por qué? Su olor era como de león, tigre o algún otro animal que se deje de bañar por meses. Así que el equipo para el cual jugase tendría un as bajo la manga; pasarle la pelota a él, ya que nadie lo marcaría a presión. Y es que imagínense marcar a presión a una persona que de paso que huele mal, está toda sudada... sin palabras.
Pero el meollo del asunto es: ¿Por qué tenemos tanta dignidad o pudor para decir la verdad?, no digo de manera despectiva, porque no diríamos lo que pensamos crudamente, pero, ¿porque no de manera educada? Sencillamente no somos como los niños.
Todos hemos sido víctimas o victimarios cuando fuimos niños, de burlarnos de los otros y otras, sin pelos en la lengua, sin ninguna clase de respeto, solamente decíamos lo que nos daba la gana, o en su defecto, teníamos que soportar lo que le daba la gana decir a los otros niños. Si un niño en primer grado todavía olía a orine porque todavía se hacia en los pantalones, él era acusado aún durante los próximos años venideros; si una niña utilizaba una crineja porque la mamá no le lavó el cabello (¡cosa que todavía algunas aún de grandes lo hacen!), escríbalo que eso se iba a saber en salón de clases.
Pero de grande, comenzamos a caer en las normas comunes de convivencia, que aunque no escritas, todas y todos la tenemos como ley. Y es nuestro sentido olfativo quién se lleva la peor parte, porque nuestra boca comandada por un cerebro cortés, educado y castrado, simplemente no dice nada.
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