miércoles, 29 de diciembre de 2010

Frío educado

La siguiente historia me la contó una querida amiga. Con esto me di cuenta que no sólo yo paso por situaciones en las cuales la educación nos empuja al sufrimiento.

Era el 4to semestre de la carrera actual cuando en una asignatura, los integrantes del salón tuvieron que realizar un viaje a cierto lugar. Relativamente todas eran recién conocidas y no existía esa confiancita como para decir las cosas o imponer términos (por cierto, esa disciplina que es muy común en ellas, hablando en general, en la cual utilizan la manipulación y otras técnicas para lograr su cometido). Esto me hace llegar a la conclusión, y muchos me darán la razón, que las mujeres al principio, como un gato que ves en la petshop, se ve tranquilito, bonito, que no rompe un plato y además inofensivo, que pueden tolerar y que se conforman con cualquier cosa, pero que basta que lo compres y te lo lleves a casa, para que comiences a observar la  verdadera historia, esa que no te comentó el vendedor, que el gato se va cuando le da la gana, que no hace caso, que te rompe  los cojines y a veces los cojones, que hurga en la basura, que te mea la ropa sucia y de paso QUE SACA LAS UÑAS.

Pues así que no te confíes cuando veas a una chica toda bella, amable e inofensiva. Pues ésta amiga que me comenta esta historia me tiene que hacer la acotación "estábamos conociéndonos" ¿porque? Simplemente porque no hubiese ocurrido lo siguiente sí ya tuviesen confiancita. Continúo entonces.

El grupo terminó de realizar su investigación en el primer día y llegó la hora de dormir. Una  Habitación de dos literas albergaría obviamente cuatro personas. Así que cuatro chicas se situaron en su lugar y listo hasta el otro día (bueno esto era en el libreto lo que tenía que ocurrir).

Una de ellas no pudo cumplir con su agenda de dormir sus 8 horas ya que para ella el aire acondicionado estaba muy alto, ya que para comenzar sufre de sinusitis y el aire acondicionado es letal. Además que realmente se estaba muriendo de frío. Su cobija no era lo suficientemente gruesa como para darle la protección necesaria. Al principio pensó en bajarle al aire. Pero ¿que iban a pensar de ella? ¡Una dominante en Potencia!, luego pensó, no mejor hablo con ellas y les digo que sí puedo bajarle al aire. Pero al final silenció su mente y decidió sacrificarse esa noche y meterse aún debajo de las sabanas del colchón para no molestar a las otras. Terrible decisión. Al día siguiente amaneció super mal con su  padecimiento, añadiendo también fiebre alta y malestar. Con todos esos síntomas no pudo seguir disfrutando del viaje y se tuvo que quedar en el hotel. Cuando sus amigas le preguntan que fue lo que pasó, y ella les describe la noche anterior, aparecieron los testimonios del resto de las compañeras de cuarto.

¡Todas querían apagar el bendito aparato! Ninguna se sentía cómoda con el aire entumecedor. Pero una vez más reinó el glamour y el silencio en el momento menos indicado. Todas querían decirlo, ¡pero ninguna lo dijo!

domingo, 19 de diciembre de 2010

No se puede esconder

Dicen que el orgulloso y el que tiene mal aliento tienen en común el pasar pena frente a su círculo de amigos.  Y es que parece ser que no se dan cuenta que lo tienen. Lo del orgulloso se puede entender, ya que es algo tan intrínseco en ellos o ellas que no se percatan que actúan de esa manera, pero ¿de un mal aliento? ¿Acaso la nariz se puede adaptar a los malos olores? Para sorpresa mía, y de unos cuantos más, al parecer sí. ¿En que momento se traspasa la delgada línea de molestarnos un mal olor a poder acostumbrarnos al mismo?, seguramente en la convivencia con el mismo.

Los europeos son expertos en esto. Podemos conseguir algunas excusas o explicaciones de esto, como lo es la racionalización extrema de agua que hay en estos países, (mientras que aquí en el continente opuesto, bañamos al perro con el doble de agua de la que utiliza un ciudadano alemán, y ni hablar de la cantidad de agua que se utiliza para lavar un vehículo), lo cual los deja con pocas oportunidades de bañarse varias veces al día cuando se trata de la estación de verano, en la cual las temperaturas son muy altas y se suda mucho. Y ni hablar de las estaciones de otoño e invierno, que son temperaturas tan frías, que el simple hecho de colocar las posaderas en la poceta, emula colocarlas en un témpano de hielo, entonces imagínense bañarse a diario, que aunque sea con agua caliente, de igual forma es una tortura hacerlo.

Los muy atrevidos primer mundistas, son capaces de acusarnos de “sifrinos”, por el solo hecho de querer siempre oler bien y quejarnos de tan desagradables olores, los cuales tenemos que soportar cuando se viaja para allá. Y se puede entender la queja, sólo en el hecho que tengamos que trasladarnos a ese continente, pero ¿Por qué tenemos que calarnos esos malos olores en nuestro país sin siquiera dar nuestra opinión? La cruda realidad es que tampoco vamos a andar por ahí diciéndole a las personas: “hey mira tienes mal aliento”, ó “hoy no te echaste desodorante, si eres cochino o cochina”.

Hace algunos meses atrás, voy con un amigo a jugar basket a una cancha cerca de su casa y nos encontramos con un sujeto que, aunque jugaba muy corriente, todos querían jugar con él. Y era curioso, porque siempre uno se quiere unir a l equipo del tipazo de dos metros, papiao y ágil, pero ¿a uno de metro setenta, medio y medio gordo? ¿El motivo? Nadie quería marcarlo. ¿Por qué? Su olor era como de león, tigre o algún otro animal que se deje de bañar por meses. Así que el equipo para el cual jugase tendría un as bajo la manga; pasarle la pelota a él, ya que nadie lo marcaría a presión.  Y es que imagínense marcar a presión a una persona que de paso que huele mal, está toda sudada... sin palabras.

Pero el meollo del asunto es: ¿Por qué tenemos tanta dignidad o pudor para decir la verdad?, no digo de manera despectiva, porque no diríamos lo que pensamos crudamente, pero, ¿porque no de manera educada? Sencillamente no somos como los niños.
Todos hemos sido víctimas o victimarios cuando fuimos niños, de burlarnos de los otros y otras, sin pelos en la lengua, sin ninguna clase de respeto, solamente decíamos lo que nos daba la gana, o en su defecto, teníamos que soportar lo que le daba la gana decir a los otros niños. Si un niño en primer grado todavía olía a orine porque todavía se hacia en los pantalones, él era acusado aún durante los próximos años venideros; si una niña utilizaba una crineja porque la mamá no le lavó el cabello (¡cosa que todavía algunas aún de grandes lo hacen!), escríbalo que eso se iba a saber en salón de clases.

Pero de grande, comenzamos a caer en las normas comunes de convivencia, que aunque no escritas, todas y todos la tenemos como ley. Y es nuestro sentido olfativo quién se lleva la peor parte, porque nuestra boca comandada por un cerebro cortés, educado y castrado, simplemente no dice nada.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Ciegos por elección

Incomprensible es esta vida. La mayoría de las personas quieren tener lo que le es imposible, y luchan hasta contra la naturaleza para realizar sus sueños frustrados. Es impresionante que el estudiante quiere ser ingeniero, pero el ingeniero después que lo es, quiere ser taxista, o como muchas mujeres queriendo verse más jóvenes, envejecen haciendo el dinero para volverse más jóvenes.

Las catiras se broncean para ser morenas, las morenas se empatucan la cara de polvo blanco,  las pelo lisos se lo enroscan, los flacos se flagelan en un gym para sacar músculos y pare de contar las actividades que esta sociedad realiza por su inconformidad.

Pero lo peor del caso es que no sólo realizamos un esfuerzo sobrenatural para ser lo que no somos. Va mucho más allá. Desde niños vamos creando en nuestra precoz y veloz mente ese modelo de persona que quisiéramos tener como pareja para pasar el resto de nuestra vida en nuestro mundo de irrealidades. GRAVE y profundo error.  Con el tiempo, ese pensamiento de persona ideal para nosotros, se va alimentando, hasta el punto de crear un imposible, ya que desconocemos por ignorancia o falta de experiencia (que es lo mismo a ser brutos inmaduros) que el ser humano es un ser imperfecto y con  muchos errores.

¿Pero que ocurre?, al momento que conocemos a alguien que medio se parezca físicamente y otro poco en personalidad a ese ser soñado, adoptamos que esa persona encaja perfectamente en el prototipo que ya creamos en nuestra mente. Y estiramos a esa persona tratando de encajarla en ese molde. ¿El amor es ciego?, pues ¡no!, el amor no es ciego. Nos convencemos a nosotros mismos que esa persona no tiene errores, que es exactamente como la pensamos, y que si hay un poco de imperfección, con el tiempo vamos a poder cambiarlo o cambiarla a nuestra conveniencia.

Pero no toda la culpa es nuestra. El noviazgo es la etapa del amor más hipócrita que existe (claro, comparte el escalafón con la actitud que tomamos cuando estamos frente a una entrevista de trabajo). Nos esforzamos para SÓLO mostrar la parte de nosotros que queremos venderle a la otra persona (¿o no me va a decir que de novio se hecha un peo frente a la otra persona?), pero que dista excesivamente de lo que somos. ¡Claro! Tenemos miedo que la otra persona al conocernos tal como somos, nos rechace, y vamos a estar claros, NI LOCO O LOCA se quedarían con nosotros si nos conocen realmente. Así que es una etapa de mutuo acuerdo subconsciente de hipocresía, mentiras y omisiones. Toda una fantasía. Por cierto, fantasía que concuerda con la misma que nos hacemos desde niños. Así que nos volvemos ciegos por elección. Pero toda esa farsa se termina cuando el matrimonio nos devuelve la vista, y cuando recobramos la vista, estamos metidos en TREMENDO paquete chileno. Aquí no puedo decir que nadie nos lo dice, porque todo el mundo nos lo dice a gritos, pero también nos volvemos sordos.

martes, 7 de diciembre de 2010

Negocios destinados al sufrimiento del socio (parte 2)


1.      Y el puesto número uno no podía ser para otro sino para la magnífica idea de vender “agua en la playa”. Una pregunta ¿alguna vez usted ha comprado agua de botellita en la playa? Pues créalo, a una chica muy allegada a mí, se le ocurrió la brillante idea de vender agua en la playa. Y ¿quieren saber a quién se buscó de socio para ese lucrativo trabajo?, ¡claro!, al que escribe estas líneas. Y por razón que su esposo no la apoyó en tan absurda acción, no pude decir que no, ya que ya había hecho el pedido y me dio “cosita” decir algo. La iba a acompañar como fiel amigo a su desgracia, como alguien que acompaña a su amigo a un funeral de un familiar. Lo peor comenzó desde el principio, ya que el carro de ella no le dio la gana prender (ni pendejo que fuera el carro para ir, fue más astuto que yo), así que contratamos los servicios de un taxi. Era jueves de semana santa de un año alrededor del 2004, y de paso amanecí con fiebre, y dolor de huesos, un malestar en general que me pedía a gritos dormir en mi cama.  El taxi llegó bien temprano y nos fuimos a la faena a una playa llamada la rosa. El segundo trancazo que me llevo es que la bolsa de hielo para enfriar las botellas de agua (que eran como 300 botellitas de agua) costaba en el lugar 15bs, y para enfriar todas esas botellas de agua eran MUCHAS bolsas de hielo. En fin, decidimos comprar una bolsa de hielo e ir vendiendo deambulante con tobo en mano con las botellitas adentro. La tercera bofetada es que al vender solo 2 botellitas de agua en un recorrido, la vigilancia de la playa nos pide carnet de vendedores ¿carnet? ¿Se necesita carnet?, ah pues no lo tenemos, así que nos mudamos a la playa de al lado, una playa que se llama Quizandal, una playa que todas las personas se llevan hasta el caramelito para quitarse el mal sabor de lo salado del agua de playa por si tragan agua en una de esas fieras olas. Es de esperarse para usted amigo lector o amiga lectora, que escribiré que no vendimos ni la tapita de una de las botellitas.
Para poder irnos de ese lugar tuvimos que vender al mayor como 8 cajas de esas botellitas casi a un precio regalado a los kioscos de esas playas y de paso nos llevamos las cajas de botellitas restantes de agua nuevamente a Valencia.

lunes, 6 de diciembre de 2010

negocios destinados al sufrimiento del socio (parte 1)

Un día un amigo me dijo: “si tengo una idea en mente y la quiero realizar ya, le pregunto a fulano, pero si no la quiero hacer te pregunto a ti”. Claro, como administrador, si me preguntas tengo que analizar para darte la mejor respuesta, colocarte encima de la mesa los pros y contras del asunto y tú decidirás luego, porque no quiero que después la culpa recaiga sobre mí y mi reputación se vea manchada. Ojo yo opino del asunto si me piden sugerencia, sino, prefiero pensarlo y no decirlo, al mejor estilo de vendedor de camionetica: “no me quiten el ánimo de trabajar”.

Y valla que he sido tentado a decirles a las personas que lo que van a realizar es horrible, es espantoso, no sirve, te va a traer dolores de cabeza, pero no lo hago ¿Por qué?, sencillo, se han motivado para hacer algo en su vida. Años sin hacer algo y no valla a ser que con mi opinión, duren otros cuatro años pensando un siguiente negocio.

Aquí coloco el top three de los negocios más desastrosos de mis allegados en los cuales como no me pidieron opinión, preferí pensarlo pero no decirlo.

3. En la Posición tres queda: “Tizana en la universidad”. Un amigo un día se le ocurre vender tizanas en la universidad. Como no tiene capital, le pide prestado a su hermana y compra su termo, su cuchara servidora, vasos, pitillos y servilletas. Iba a comprar las frutas para preparar las tizanas pero se consigue con la maravillosa noticia que no tiene que hacer él la tizana, sino que hay un sitio que la venden ya lista, solamente tiene que agregar agua y azúcar. Así que decide gastar (para la época) 120bs en dicha tizana lista. En todo negocio se sabe que los primeros días no van a ser buenos días de grandes ventas. Es lógico pensar en pérdidas, por lo tanto es ilógico pensar que con lo que se haga el primer día, se puede reinvertir el dinero para el día siguiente. Cualquier persona con tres dedos de frente sabe que tiene que tener un capital para imprevistos. Entonces este amigo mío se gastó 500bs en total, se quedó sin medio, pensando en el buen primer día. Su gran sorpresa (claro, sólo para él fue una sorpresa) es que vendió ocho vasos a cinco bolívares cada uno en todo el día. Hizo 40 bolívares, así que se desanimó y no siguió con su negocio de las tizanas.

2. La posición dos se la gana la Caja de productos Angel´s que otro amigo compró. Una caja que cada producto es más costoso que las marcas norven (reconocidas por todos lo venezolanos de a pié), pero de menor calidad. Es decir, una gran estafa. El gran estímulo que lo impulsó, fueron unos premios que sumándolos todos en precio, es el doble de lo que cuesta la caja de productos; se los explico mejor, los premios por puntualidad en el pago de la caja de productos van desde un juego de ollas, una litera, una computadora y pare de contar, que sumados dan como 8mil bolívares, siendo el precio de la caja de productos 4mil bolívares. Es decir, si tu tienes 4mil bolívares, compras la caja de contado, te queda la caja y todos los premios que sumados dan como 8mil bolívares ¿insólito no? La trampa es que nadie paga la caja de contado sino que pide la caja, le trata de meter a sus “amigos” los productos a crédito y con ese dinero supuestamente pagaría a tiempo las cuotas de la caja. Esta empresa es muy astuta, conoce el comportamiento del venezolano, que aunque me duela, tengo que reconocer que la mayoría de los venezolanos es impuntual para pagar una música que ya sonó. Y esto en el mejor de los casos que vendas todos los productos, porque si no tienes que pagar de tu bolsillo el producto que no vendiste. Una total estafa que solo algunos caen en ella. Así que decidió pedir la caja pensando en ganar dinero y los premios. Pero como era de esperarse no vendió todos los productos, y los que pudo vender, no los pudo cobrar a tiempo, así que la primera cuota de pago de la caja, la decide pagar de su dinero para no perder los premios, pero todo fue una calamidad para su vida, porque nunca le pagaron completo, más los productos que no vendió. Se quedó sin dinero, sin ganancia y sin premios. (continúa)...