Cierto día mis compañeros de clases y yo, nos dirigimos a una instancia educativa para realizar un proyecto de investigación. Como la misma naturaleza nos agrupa (como si fuésemos hierro e imán), cada quién elige su pareja de trabajo con la cual se siente más cómodo o ese particular feeling, que te hace pensar que las cosas van a fluir de la mejor manera, y por supuesto, abstenerse de trabajar con ese tipo de personas que se denominan “tóxicas” o que por alguna razón los caracteres son incompatibles, no por la forma de ser, sino por la forma de tolerar. Pero claro está, seguimos siendo un grupo grande subdividido en parejas. Por lo cual se debe manejar la diplomacia y llevársela bien con todos. Esto un universitario en nivel avanzado lo conoce muy bien, por lo que a veces el tolerar se convierte en obligado.
Pues entonces, ese día aleatoriamente cada quién fue llegando, y se iban reuniendo en una especie de plaza improvisada al lado de la dirección del plantel, al llegar, ya algunos compañeros habían llegado y estaban conversando (claro esto es lo que piensa cualquier humano a lo lejos del hecho), pero mientras me acercaba pude observar los rostros de los que allí se encontraban como en un afán de pena ajena, o risa disimulada. Por tanto cuando llegué afiné mi oído a escuchar el tan interesante tema, pero mi decepción fue que no existía tal interesante tema, casi era un monólogo improvisado de una de las compañeras que el público espontáneo con el que contaba estaba como pensando entre sí, ¿Por qué me tengo que calar este discurso de niña fresa?
¿Cuántos hemos pasado por un momento similar?, en el que dada las circunstancias, no podemos escapar de ese momento y como corderos debemos escuchar.
En el momento en el que llegué y me adherí al grupo, no pensé que tenía que escuchar tales problemas existenciales o anécdotas que solo le interesarían a lectores de la revista ¡tú!. Pensando bien, no es justo que si hay diez personas, sólo una se adueñe del momento y obligue a los demás a oír sus quejas de niña consentida, o picardías de niña mala. Tampoco existía cierta confianza como para decirle muy educadamente “vamos a cambiar el tema”, pero en algún momento si existió el truco de “disculpa un momentito, ¿y la profesora llegó? Cómo preguntándole a cualquiera menos ella, a lo que fue un intento sin resultados, ya que ella misma rápidamente dijo: -no ha llegado, ah bueno entonces ¿Dónde quedé?, ¡ah! Si, y la mañana siguiente no me podía parar…
Todos en ese momento nos veíamos la cara, con sonrisa burlona e irónica de lo que estaba ocurriendo, quizás comentando con las cejas lo malo que era tener que esperar en ese lugar, el único en el cual nos permitían estar hasta que la dicha facilitadora llegara.
Será que ¿no tiene amigos?, ¿Por qué comenta sus cosas a voz populi? ¿Por qué quiere ser el centro de atención?, todas estas preguntas tienen respuestas, lo que no tiene respuestas es ¿porque no apareció un salvador, un sin dignidad, sin diplomacia y le dijo tal kico al chavo? ¡cállate, cállate que me desesperas!, todos lo pensamos, ¡nadie lo dijo!.

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