Nos pasamos la vida marcando el territorio, claro está, no utilizamos la estrategia del olor del orín, como lo hacen los canes, ni tampoco las enredaderas de las serpientes que otros animales ni se atreven a atravesar con excepción de las águilas, pero sí, ¡es verdad!, utilizamos subconscientemente estrategias más sofisticadas para que todos se enteren que ESTO ES MÍO. O no se han preguntado ¿porque en un lugar público una mujer no se le despega a su novio, marido o whath ever del brazo cuando el tipo está bien bueno?, porque es su manera de decir este hombre es míiiio, mío mío al mejor estilo de Alejandra Guzmán (se me acaba de caer la cédula). O ¿tiene necesidad un hombre de agarrarle el trasero a su niña bonita en público cuando tiene todas las noches para hacerlo en privado?, pues no tiene necesidad, solo que quiere dejar ver que ese trasero le pertenece a él. ¿tontería? Quién sabe, cada quién dará su opinión, el hecho es que nos fascina marcar nuestro territorio.
Me he sentido muy incómodo en algunas casas que he visitado ya que otras personas (por suerte no las que me han invitado a ese lugar) me hacen sentir que es su casa y no la mía. ¡Pero por supuesto que es tu casa! Yo no he venido a invadírtela, es más ya me voy. ¿No les ha pasado?, tosen duro, arrastran los pies, andan sin camisa, ponen música a alto volumen, y hasta hacen comentarios extraños.
Ahora bien, ése es el lugar de confort de las personas, sus casas, su carro, su oficina, su clase, su puesto de buhonero, sus amigos, sus novios, su mamá, su jefe, su facebook. Ahora bien, ¿que ocurre cuando no nos encontramos en nuestro lugar de confort?, según algunos (esto me lo dijo jun profesor de música de bachillerato) en la casa blanca de Washington, en el despacho del presidente, las sillas de los invitados, son inclinadas pero hacia adelante, y muy incómodas, ya que al estar adelantado hacia el presidente, se duplica el nerviosismo y la seguridad de las personas que allí se encuentren. Cierto día estaba recibiendo clases privadas en un grupo selecto, y estábamos formados en semi-círculo, pero el profesor estaba muy cerca a mí (yo estaba en todo el medio del semi-círculo), y yo inconscientemente trataba de arrimar la silla un poco hacia atrás, otro poquíto, y otro más. Luego me enteré que todos tenemos hasta un espacio imaginario a la redonda en el espacio que nos rodea y que nuestra mente cree que le pertenece. Así que, más de una vez tenemos que compartir ese lugar con otros así no lo queramos. Un lugar a la cual tenemos que entrar y compartir así sea por 15 segundos, es el ascensor. Es un lugar inhóspito, las personas no saben que hacer, miran hacia arriba, hacia abajo, a las esquinas, mantienen el silencio, sacan su celular así sea para hacer cuentas locas en la calculadora del mismo. Yo nunca me he enterado que una pareja se haya conocido en ascensor. Que un hombre o una mujer le haya dicho al otro que le diga su nombre o algo así. Además voy a ir más allá, cuando vamos en compañía de alguien que conocemos, cuando esperamos el ascensor, y tenemos una conversación, cuando llega y lo abordamos, el silencio aborda con nosotros, y al llegar a planta baja, ó al piso de destino, la conversación vuelve a surgir (esto no aplica para las parejas). En el ascensor nos sentimos tan cohibidos, tan incómodos, tan inseguros, tan asfixiados, que el silencio nos invade, nos apremia y finalmente, nos deja sin palabras.
La cápsula del silencio nos mantiene callados, quizás todos tenemos ideas brillantes, genialidades, un buen chiste, pero todo eso lo reservamos para cuando salimos de ahí. Todos lo piensan ¡nadie lo dice!, porque esa cápsula del silencio nos pone un tirro en la boca.

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