Cierto principio de año, me dirijo con mi esposa, mis dos hermanos y sus parejas a la playa, considerando que era el último día del asueto navideño y por lo tanto la playa y las vías iban a estar despejadas. Pues tal novatos resultamos ser, que desde que salimos del Terminal para tomar el autobús hasta Pto. Cabello hubo cola para todo. Cola para comprar en la panadería, cola para preguntar donde se toman los buses, y por supuesto la grandísima cola para esperar montarse a la deseada camioneta que nos llevaría a Pto. Cabello.
Sin más drama, finalmente logramos abordar el autobús y por supuesto la cola que daba ganas de devolverse, pero que carrizo, ya no había marcha atrás, es como cuando vas por la mitad de la carrera que aunque no te guste es mejor darle hacia adelante así nunca ejerzas esa profesión, o cuando te vas a casar y en medio de tu llegada al altar, te pones a analizar en que lío te estás metiendo, pero ya después de haber gastado tanto dinero en casa, muebles, fiesta y demás, ya no te puedes ir de allí, ya tienes que decir que sí, además está el poco de gente que vino a tu fiesta y entre otras cosas, está la novia con todo su aparataje, maquillaje, latonería y pintura que te hace creer que si vale la pena. Pues entonces no puedes retroceder.
Una hora después llegamos a Pto. Cabello (viaje que por lo general dura 30 minutos) y nos dirigimos a tomar “el rapidito” que consiste en un taxi que de Pto. Cabello a La Rosa (la mejorcita de las playas carabobeñas) toma de 10 a 15 minutos. Para empezar no conseguimos rapiditos, así que paramos un taxi y cuadramos la carrera (nos pareció un poco costoso pero debido a que era la única opción, que pensamos ésa era la causa del precio que luego supimos porque, lo tomamos sin pensarlo mucho.
¡La soberana y más grande cola que en mi vida he estado! Y no estoy mintiendo, ahí están los otros que lo pueden corroborar. Ahora por un momento póngase en mi lugar. 6 personas más el chofer en un viejo malibú a las aproximadamente ya 8 o 9 de la mañana en un caliente día costeño. Era el infierno en miniatura, en mi caso particular se me dificultaba pasarme la mano por la frente para secarme el sudor por lo apretado que íbamos, una fusión de incomodidad, sed, hambre, calor y por sobretodo desesperación por llegar.
Si todo esto les parece ya un barranco, pues no han terminado de leer este relato, ya que existía un elemento cual guinda que decora el pastel, que se trató de la música que escuchaba dicho taxista. No era una música que le guste a un grupo minoritario, no es una música que alguien razonal a esa hora de la mañana y bajo esas circunstancias le guste escuchar. Se trataba de un CD de un dj pirata de mini teca que contenía una changa trance que en mi mente retumbaba a GRAN volúmen como un “puquiti puquiti puquiti, tum, tum, chacachachacha” o algo así que solamente se utiliza por 30 minutos en una discoteca para que la gente sude un poquito y se cuadre la noche, ó en las conocidas fiestas rave que para poder soportarlas, los participantes utilizan éxtasis u otras drogas, porque para decir verdad, un ser humano racional y en sus cabales, no lo hace.
Al principio me decía para mis adentros, falta poco, ya esta cola se desatrancará, luego me decía, el bendito CD ya se va a acabar, pero nada de eso ocurría, luego me decía bueno los de adelante como que les gusta la musiquita porque no dicen nada, y al final me resigné a que algún espontáneo, alegre, héroe, sincero, activo o arriesgado le dijera al taxista que apagara el perol por favor, pero nunca ocurrió, todos lo piensan ¡nadie lo dijo!. Este elemento musical multiplicó por diez el calor, incomodidad, sed y desesperación de salir de ese vehículo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario